Porfirio Mamani Macedo

Directorio Inicio
PALABRAS PRELIMINARES

La escritura nos permite interpelar a un mundo exterior que no comprendemos, un mundo de caos que difícilmente podemos integrarlo a nuestro modo de pensar. La escritura es un medio para refutar una realidad conflictual constante. Entonces construimos un mundo aparte con palabras, desde donde intentamos soportar lo que nos ofrece aquella realidad ofuscante. Dentro de la escritura, tengo una relación muy particular con la poesía. Cuando escribo, grito el poema, busco las palabras y antes de escribirlas, las repito muchas veces para ver si el sonido y su significación van con las que las preceden o anteceden. Necesito escribirlas con mi mano para darme cuenta, luego vuelvo a ellas y las vuelvo a pronunciar, como si al pronunciarlas las estuviera afinando o amoldando a lo que escribo. Es así que paso muchas horas con ellas hasta sentir que el poema está más o menos terminado.

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

SNació en Arequipa, Perú, en 1963. Se graduó de abogado en la Universidad Católica de Santa María, y ha hecho estudios de Literatura en la Universidad de San Agustín (Arequipa). Actualmente reside en París donde prepara su doctorado de Letras en la Universidad de la Sorbonne Nouvelle, y enseña en la Universidad de París VIII.

Libros publicados

Entre otros

Poesía

  • Ecos de la Memoria, Editions Haravi, Lima, Perú, 1988
  • Voz a orillas de un río/Voix sur les rives d'un fleuve, Editiones Editinter, 2002
  • Más allá del día/Au-delà du jour, (poemas en prosa), Editiones Editinter, 2000

Cuento

  • Les Vigies, Editions L’Harmattan, Paris, 1997

Novela

  • Le jardin el l’oubli, Ediciones L’Harmattan, 2002

Colaboraciones

Le han publicado poemas y cuentos en varias revistas en Europa, Estados Unidos y Canadá

.

Porfirio Mamani Macedo
pmamanimacedo@yahoo.fr

POEMAS
uno

         La sensación del agua que cae, el vacío que imprime sus colores, la muerte, el otro lado de tu sombra, el otro, el ruido que se esconde entre tus ropas viejas, allá, lejos, en el campo que se abre, en las dunas, en aquellos graderíos oscuros, en aquella palabra que te falta pronunciar, el recuerdo, la rama que golpea el viento, los ojos que desesperadamente duermen en el centro de la noche, tu cuerpo, sobre aquella cama dura, sobre aquel extenso territorio que desgraciadamente no te pertenece, nada, ni el aire que respiras, ni las luces que violentas obstruyen tu camino, ni aquellas imágenes que debes ver a pesar tuyo, imágenes rotas, imágenes de donde cuelgan el vicio, la miseria, imágenes de rostros que brillan por sí solos, otros gobiernan tus sentidos, todo se inunda de otras voluntades, nada es nuestro.

uno

S

dos

         Todos sucumbimos al silencio, a la multitud que todo lo dispersa en la mirada, somos la sustancia del dolor que siempre nos encierra, laberinto de todo lo soñado, la cuerda que no nos salva del olvido, del camino polvoriento, la vida, manantial inagotable de desesperanzas, y nada, y todo un túnel que pasar siguiendo las aguas, las dudosas aguas que no regresarán jamás, los sueños que otros procuran encontrar, así, como una ola que sin cesar debe golpear nuestra ventana, la silenciosa ventana cuyos extremos ignoramos, la infinitud, la llama que arde en cada pecho cuando se despunta un nuevo día, presintiendo que ningún viento la arrancará de nuestros ojos peregrinos, entonces despertar para ver el alba, la distancia, el mar, el llanto que heredamos del olvido.

tres

         Quizá sea el tiempo o la palabra, el desafío, no la lluvia ni este desordenado paradigma que no esquiva nuestros ojos, la suerte, el destino, la tierra que deben labrar los hombres para seguir viviendo, allá, a orillas de un río que no se nombra, la duda, mar perdido entre los mares, hierba perdida entre la hierba, sombras, raíces del pasado que no mueren, tronco, hojas que no caerán cuando me vaya, ayer, historia que no comprendo, sombras clavadas en las rocas, caminos que dispersa el viento, llanto, mar abierto que me sigues como siempre, insepultas las brasa en mi pecho terrestre, la piedra labrada que me mira, la hierba, ceniza de una inmensidad que vuelve a crecer sobre las piedras que no borrará la memoria ni el tiempo, sólo lamentos de niños que difícilmente respiran a mi lado, llantos, miradas abandonadas que debemos seguir huyendo como si fueran manchas que caminan, siendo esos ojos nuestros ojos, y nosotros esa indudable sombra que camina.

cuatro

         No oculto nada entre mis ojos negros, todo paisaje existe por sí solo, solas las piedras, solas las palabras, solas las cadenas, solo Dios y su desierto, la tierra, la selva donde se fecunda el barro que nos viste; no el amor, sino el hambre que desfigura nuestros ojos, aquí, bajo el vasto firmamento, donde raras estrellas desfilan como piedras que golpean nuestros sueños, como puertas que nadie abrirá para nosotros, y toda una noche, una extensa noche que pasar, para mirar en alguna parte, el alba, no el crepúsculo, sin dejar de ser aquel que se busca a sí mismo en un espejo, cuya profundidad nadie tocará, ni la sombra ni el olvido, nada, ni tus manos ni tu nombre, así, toda forma se integra a la noche como polvo que de los desiertos huye y a los desiertos vuelve.

cinco

         Ojos que miran una puerta, un manubrio que se mueve, no el dolor, ni la lluvia que desordena nuestros pelos, tampoco el viento que siempre nos espera como una espada, la palabra, el ayer que no deseamos recordar, caminos, piedras, llaves que un día encontraremos, allá, en alguna parte, detrás de una frontera, un árbol, una mirada que marca nuestros pasos perdidos entre las hojas secas que empuja el viento, por una calle, en un parque donde brotan los adioses como gritos que nunca olvidaremos, junto a un lago, la vida, la muerte que no se aparta de la tierra; así viajan tu silencio y mi silencio entre las oscuras noches que los blancos inviernos nos reservan, la sombra y la caída.

seis

         Todo cambia en el instante, la voz, el viento, el río que se consume en la arena movediza, la memoria, tus ojos ausentes, tu cuerpo envejecido, los niños que no duermen, el hambre, la miseria que forma multitudes, nada se pierde, todo surge del fondo de la tierra como un abismo que encontramos en los ojos de un hombre callado, el grito que mueve la orilla de los ríos, la mirada que sucumbe en la mirada, los cuerpos desnutridos que nos sorprenden comiendo un trozo de aire humedecido, aire, humo negro pegado en las ventanas de las casas, humo como nube negra que envuelve el futuro de los niños, el sueño malogrado de los hombres, y ser sólo en la sombra una imagen que se doble.

siete

         Palabras y signos de palabras, cosas que invento cada noche, más allá de todo mar embravecido, más allá de todo misterio que nombramos, la hostia, el vino, la amarga sensación de siempre, la soledad, viento que no perturba la memoria de nadie, ni de Dios cuando lloro, ni del hombre cuando sueño, de ninguna parte me llega el celestial prodigio de encontrar la sombra o la luz que me libere de toda cadena invisible que me ata a una palabra, a un destino que me marca, estando ausente en todas partes, en todas partes debo compartir mi herencia, el olvido, incansable errancia que nos une con el polvo, ceniza que rodará como silenciosos laberintos a un abismo, el tiempo.

ocho

         Desde el fondo una luz oscura me arrebata a la corriente de los días, yo, fuente y crepúsculo de todo lo vivido, oculto la mirada detrás de una ventana, aquella que todos mirarán un día, como el polvo y el ruido que a todos no nos falta, días estos, inconsolables como abismos, y sólo la palabra me refleja el blanco día, la interminable noche que no me dicta nada, sólo el alba me procura sueños dispersados como aromas. No digo nada de los templos que son el mármol, la caída, el agua huyendo hacia los mares muertos, y yo, una vez más, debo caminar hundiendo mis patas en el barro incierto, sin pretender la luz ni el agua transparente para nutrirme en este valle, esperando algo que no comprendo.

nueve

         Como un ruido el hambre sube por las callejas de los suburbios, voltea las esquinas, se viste como raro vagabundo, choca con raros manantiales de basura, se desliza por callejones que asombran las ciudades, y a todo pasante que no quiere ver su enigma de viejo forastero. Se concentra en parques abandonados a la penumbra del olvido donde crecen niños entre la mala hierba que se expande como destellos de cenizas; la miseria trotando con sus alas desplegadas; la indiferencia, lágrima que se escapa al borde de un río; la esperanza que no vuelve a tocar la puerta que nos salve.

diez

         Mar ausente que soñaron otros ojos, otros peregrinos que sin dolor cruzaron otra tierra, otros mares, otros desdichados universos, aguas de ríos que no volverán a ver mis ojos, como sombras que chocaron en mi frente, mientras ardía de dolor mi alma clavada de silencios, para enfrentarme solo a la rara sombra en un camino. Yo ser que sólo ha de consolar la piedra, a orillas del río turbulento que me llama, cuando paso llevando en mis brazos un sueño, descalzo, sin tiempo y en silencio. ¿Acaso sea esa la palabra, acaso sea ese el destino, la noche que debemos evitar para alcanzar el sueño que nos falta? Va y vuelve la palabra como un río, mas la sombra en el camino me crea laberintos, espejos que reflejan mi pasado y también la obra de mis manos.