Rainer María Rilke

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PALABRAS PRELIMINARES

       Uno de los momentos fundamentales de la literatura moderna radica en las Elegías de Duino, donde Rainer María Rilke dispuso una piedra de toque, un punto cardinal en la rosa de los vientos de la poesía del siglo XX, en una escala semejante a La tierra baldía, de T. S. Eliot. Un hito que no podemos dejar pasar.

Presentación y traducción de José Joaquín Blanco

       Las elegías de Duino de Rainer María Rilke proponen algunos conceptos y figuras metafísicos, pero no tradicionalmente religiosos sino dotados de una metafísica poética, fruto de una imaginación humana asumida como tal, especialmente los ángeles.

       Rilke, que iba oponiéndose el cristianismo más y más durante la composición de estas elegías, inventó aquí una proposición metafísica propia, no cristiana, no teológica, enteramente poética: los ángeles como criaturas ideales u hombres que, con la muerte, se convierten en seres majestuosos de lo invisible, seres transfigurados, alzados a su mayor potencia; frutos de la muerte, logran una existencia perfecta, feroz, sobrehumanamente plena.

       En las Elegías, la afirmación de la vida y de la muerte se revelan como una sola cosa... “Nosotros, seres de aquí y de hoy, ni por un instante nos sentimos satisfechos del mundo temporal", dice Rilke; el hombre sospecha, vislumbra, imagina orígenes y futuros; ese mundo imaginario lo acompaña tanto o más que el real, como lo demuestra la historia de las religiones. "Nosotros somos las abejas de lo invisible". Los humanos vivos no vemos estos ángeles (nos cegarían), los sospechamos -como los creyentes sospechan a sus dioses y santos: "Este mundo, ya no considerado desde el punto de vista humano, escribió en 1915, sino como es dentro del ángel, constituye quizás mi verdadera labor, en la que, de cualquier manera, todos mis intentos anteriores convergen".

       El ángel rilkeano es un superhombre, cuya contemplación permite, por una parte, una desolada perspectiva crítica frente a las limitaciones y deficiencias del mundo real, de la naturaleza humana y de la sociedad; y por la otra, el vislumbre o la ensoñación de formas de existencia y trascendencia humana (no precisamente religiosas, en el sentido tradicional del término) de mayor plenitud y significado.

       Rilke fue un gran admirador y traductor de Paul Valéry, quien a su vez propuso en Monsieur Teste un ideal de ángel: "Sométete por entero a tu mejor momento, a tu más grande recuerdo... Todo en relación a él, que instala en tu desarrollo una medida, unos grados... ¡Me inmolo interiormente a lo que desearía ser!". Algunos momentos de gran plenitud en la existencia humana nos hacen sospechar al ángel.

       También fue Rilke admirador y traductor de André Gide, quien propuso el angelismo de los hijos pródigos que huyen de la domesticación familiar, para ser libérrimos desarraigados permanentes (Rilke ofrece una versión concurrente del hijo pródigo en el remate de Los cuadernos de Malte Laurids Brigge). Algunos inusitados momentos de libertad individual con respecto a las restricciones de la realidad social, o de uno mismo, nos permiten sospechar la libertad de los ángeles.

       Descontento con las soluciones cristianas a los problemas del más allá, de la trascendencia, de la muerte, de la carne y de la vida, Rilke intenta una poesía profética, para intuir nuevas soluciones propias: "El ángel de las Elegías es aquella esencia que se ofrece como fiadora para reconocer en lo invisible una categoría más elevada de realidad. De ahí que sea 'terrible' para nosotros, porque aunque somos sus amantes y sus transformadores, estamos adheridos a lo visible".

       Cerca de estos ángeles están los muertos jóvenes, las mujeres locas de amor, los niños, los héroes, los amantes, los poetas, los saltimbanquis -y en poemas posteriores, incluso los fornicadores, los "príapos", de los poemas póstumos de Rilke-, quienes aún en el mundo real se arrojan al peligro de una "categoría más elevada de realidad", o al menos a una existencia elevada a su mayor potencia: los que viven el minuto como si fuera eternidad, y las ideas, emociones y cosas perecederas como si fuesen eternas.

       En el mundo real, la eternidad puede vislumbrarse a través de la intensidad del instante: Un instante profundizado radicalmente posee una eternidad inversa, pero al fin y al cabo eternidad; una cosa o un ser perecedero, alcanza asimismo esa eternidad, al dotarse de una significación interna intensísima, al vivirse como eterno, escapando a la mera duración (concepto de Bergson), o al mero tránsito o secuencia de unidades temporales, al dotarse internamente de su propio absoluto. Así se escapa al absurdo y al vacío de la existencia sin los fundamentos trascendentes de la religión.

       La verdadera poesía, en esta visión de Rilke, aspira a ser el punto de unión entre lo visible y lo invisible, las criaturas y los ángeles. La poesía se acerca a lo invisible; salva -dota de trascendencia hacia lo invisible- la realidad. Al dotarse de su propio absoluto, de su propia intensidad, es asimismo la más exacta prefiguración de la eternidad y de lo invisible (ver Los sonetos a Orfeo)

       Puede desde luego leerse a Rilke sin asumir su misticismo, ni sus acarreos nietzscheanos y prefiguraciones heideggerianas, como obra soberanamente imaginativa, lírica; Rilke fue en vida el paladín de la poesía pura. También puede leerse a Rilke como el superior momento de la angustia occidental ante la desacralización o secularización del mundo: el alto momento de la orfandad del hombre nietzscheano que se descubre como un hombre sin Dios, sin eternidad, sin trascendencia, sin sacralidad, y no se resigna; en consecuencia, se inventa -a partir de los falibles, perecederos materiales humanos- sus ángeles, su eternidad, su universo sagrado, su trascendencia propias.

       De hecho, buena parte del enorme éxito de Rilke en los años treinta y cuarenta, se debió no sólo a su valor estrictamente poético, sino a que ofrecía una respuesta semi-religiosa no cristiana a la cultura europea, que había devenido muy crítica del cristianismo, pero que no sabía ni podía vivir una existencia sin densidad ni soluciones religiosas.

       Después del existencialismo con ángeles, con mundo de lo invisible, con poesía sagrada, de Rilke, vendría el existencialismo sin Dios, sin trascendencia metafísica alguna, sin sacralidad poética, de Sartre: "Todo lo que existe nace sin razón, continúa viviendo por debilidad y muere por azar", se lee en la novela rilkeana de Sartre La náusea (1938): el mismo callejón sin salida al que se topó en la generación anterior, menos pesimista, que todavía se debate contra el nihilismo, Malte Laurids Brigge, y contra el que Las elegías de Duino inventan sus órdenes angélicos, la escala de Jacob que vislumbra a lo lejos alguna coartada trascendente.


       Pero sobre todo pueden leerse las Elegías de Duino como una intensa experiencia terrenal de los problemas y apetencias humanas de siempre; a pesar de su hermetismo ocasional -momentos en que el lenguaje filosófico, de Gedankenlyrik, imbrica la lectura-, las Elegías ofrecen agudas y encendidas visiones de esa experiencia. (Rainer María Rilke era autodidacta y poeta; los heideggerianos lo volvieron un tractatus filosófico, que nunca fue.)

       Mi versión de las Elegías de Duino apareció en el invierno de 1993 en La iguana del ojete revista literaria trimestral que dirigíamos Manuel Fernández Perera y yo.

Nota sobre el traductor

José Joaquín Blanco. Escritor. Entre sus libros recientes: Mátame y verás (novela, 1995); Garañón de la luna (poesía, 1995); antología: El lector novohispano (publicada en la colección Los Imprescindibles, Cal y arena, 1996); ensayos: Crónica literaria (1996) y Pastor y ninfa. Ensayos de literatura moderna (1998)

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Rainer María Rilke
(1892-1979)

POEMAS
MI VIDA NO ES...
   
Mi vida no es esta hora abrupta
en la que me ves precipitado.
Soy como un árbol ante mí decorado,
no soy más que una de mis bocas,
la primera que habrá de callarse.

Soy el intervalo entre dos notas
que sólo con dificultad armonizan,
porque la de la muerte subir más alto quisiera...
Pero, ambas, vibrando en la pausa oscura,
se han reconciliado.

Y el canto es hermoso.
Soneto n° VII
   
¡Sí! ¡Celebrar! El destinado a celebrar 
surgía, como el metal desde la piedra 
muda. Su corazón, lagar perecedero 
de un infinito vino para el hombre. 

Nunca en el polvo la voz le desfallece 
si es que el divino ejemplo lo captura. 
Todo se vuelve viña, todo uva 
madura en su sensible mediodía. 

A su celebración no la desmienten 
ni en las criptas el moho de los reyes 
ni que caiga una sombra de los dioses. 

Él es un mensajero que perdura, 
que más allá de las puertas de los muertos 
sostiene copas de celebrantes frutas. 
De los Sonetos a Orfeo, 2da parte
Traducción de Susana Romano
UNA SOLA ROSA ...
   
Una sola rosa es todas las rosas
y es ésta; el irremplazable,
el perfecto, el dócil vocablo
que encuadra el texto de las cosas.

Cómo decir alguna vez sin ella
lo que fueron nuestras esperanzas,
y las tiernas intermitencias
en nuestro continuo viaje.

Traducción: Miguel Frontán

El poema “Una Sola Rosa ...”
fue publicado inicialmente en La Máquina del Tiempo

UN DÍA TOMÉ
   
Un día tomé entre mis manos
tu rostro. Sobre él caía la luna.
El más increíble de los objetos
bajo un desbordamiento de llanto.

Como algo solícito, que existe en silencio,
debía durar casi como una cosa.
y aún así nada había en la fría noche
que más infinitamente se me escapara.

Oh, porque fluimos hacia estos lugares,
producimos en la pequeña superficie
las ondas todas de nuestro corazón,
deseo y debilidad,
y al fin, ¿a quién ofrecemos todo esto?

Ay, al extraño, que nos ha malentendido,
ay, a aquel otro, que nunca hemos encontrado,
a sus siervos, que nos han atado,
a los vientos de primavera, que se han desvanecido,
y a la quietud, la perdedora.

La inclusión de Rainer María Rilke en
Poéticas es una atención de

Biblioteca Virtual BEAT 57

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