Raúl Zurita

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PALABRAS PRELIMINARES

Raul Zurita: entre la página del cielo y el desierto

por Miguel Ángel Zapata

MAZ — Hablemos un poco de tus inicios como poeta. Creo que comenzaste a escribir bastante joven, no?

RZ — Sí. Comencé a escribir bastante joven, pero fue mientras estudiaba ingeniería que me dí cuenta que la poesía iba a ser mi pasión, el único sentido de una hipotética plenitud, y de las bastantes más posibles derrotas. Sin embargo, aún no sabía mucho. Escribí en el año 1969 algunos de los poemas cortos que están en el comienzo del libro Purgatorio y el en 1972 otro poema que se llama "Areas verdes", y que creo que es lo más perfecto y angustioso que he hecho. Regresé de Ingeniería para caer de bruces en las bodegas del barco Maipo en la madrugada del 11 de septiembre de 1973. Cuando salí de ahí tenía el mundo completamente roto. No me asilé y pensé en lo peor. Paradojalmente ese golpe me salvo la vida, ya tenía absolutamente decidido suicidarme, pero al comprobar como mataban gentes en las calles, como a mí mismo me había golpeado y como en ese mismo instante lo estaban, repito, asesinando a tantos, el suicidio me parecía algo absolutamente ridículo, espantosamente ridículo, frívolo.
      Mis condiciones sicológicas y físicas eran insostenibles: una vez me bajaron de un bus solo por mi aspecto. Fue la humillación y el poema. Recordé esa frase de la mejilla de Cristo y me quemé la mía, respondiendo a la bofetada, lo hice solo, en un baño con un fierro que quemé al rojo en el fuego del calentador de agua.

—De ahí comenzó tu obra madura…

—Sí, claro, más tarde comprendí que con ese acto absolutamente solitario, autodestructivo, había comenzado algo. Así se inició en verdad mi poesía, quemándome la cara y me propuse una obra que concluiría, si acaso, con el vislumbre colectivo de la felicidad. Fue en mayo de 1975, imagine todo el trayecto, las escrituras en el cielo y en el desierto, incluso los títulos: Purgatorio, Anteparaíso, y La Vida Nueva. Es eso, mi poesía va desde una mejilla quemada hasta el verso escrito para siempre en el desierto de Atacama "ni pena ni miedo" (mide cuatro kilómetros y puede ser visto desde las alturas), con él cerré La Vida Nueva en 1993. No he sido en ese sentido, un poeta espontáneo. He vivido más de veinte años obsesionado con una idea: el vislumbre de la felicidad. Todo lo que he hecho tiene que ver con eso, con la fuerza y la vida (y la derrota).

—¿Cómo inaginaste los escritos en el cielo?

—Los escritos del cielo los imaginé en un solo segundo junto con las escrituras del desierto, imaginé las frases, todo. Siete años más tarde hice los poemas en el cielo. La idea en sí es simple: desde los tiempos más inmemoriables todas las comunidades han dirigido sus miradas hacia el cielo porque han creído que allí se encuentran las señas de sus destinos. Pensé entonces que nada podría ser más bello que ocupar ese mismo cielo como una gran página donde todos pudiesen escribir sus destinos. Lo hice en Nueva York (donde iba por primera vez) en castellano por ser mi lengua, claro, pero sobre todo como un homenaje a las minorías, a los segregados: una de esas frases decía "Mi Dios es ghetto", otra "Mi Dios es chicano". Fue el momento en que también quise cegarme, su registro está al final de Anteparaíso, porque siempre supe que por hermoso que fuera el poema escrito en el cielo nunca iba a ser tan bello si su autor no lo podia ver, solo imaginárselo. Para bien o para mal no fue así, a las doce horas estaba viendo de nuevo y no fue aliviante sino terrible. Recordaba también esa frase de Mallarmé donde dice que la página es el universo del cielo estrellado. También recordé a Huidobro y su infinita ensombrecedora frivolidad.

—¿Cuáles son las lecturas que te impactan?

—Me impacta todo lo bueno que leo, pero sólo puedo llorar de belleza con algunos muertos célebres: Miguel Angel, Dante, Whitman, Neruda, Homero y algunos más: Nietzche (a quien odio desde el fondo de mi corazón, pero que me hace llorar), Dostoievski. Esos grandes nombres me dan fuerza, me hacen explotar de felicidad y de plenitud. Algunas celebridades de los nuevos tiempos sin embargo me dejan absolutamente indiferente, partiendo por Borges. Amo al Vallejo de España aparta de mi este cáliz, cómo quisiera alguna vez lograr esa sencillez total y certidumbre. Pero el único camino para acceder a algo así es el trabajo moral.

Publicado inicialmente en Banda Hispânica

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

      Nació en Santiago de Chile, en 1951. Es uno de los poetas apreciados en América Latina, por su percepción miticopoética y por su proyecto de reconstruir la voz tribal desde el salmo, la elegía, el versículo. Inscribe en su lenguaje un desgarrado grito interior, oscilando entre el credo y lo profano. Palabra cósmicamente situada; poesía que da cuenta del malestar del sujeto y su desajuste con la historia.

      Estudió Ingeniería Civil en Valparaíso. En el puerto desarrolla, junto a Juan Luis Martínez y otros destacados escritores, una dinámica actividad poética a comienzos de los 70’. Hacia el final de la década sus acciones en protesta del orden imperante provocaron gran polémica: quemarse el rostro con ácido, masturbación en público e intentar cegarse. En 1982 escribió sobre el cielo de Nueva York el poema La vida nueva. Actos que intentan transgredir el signo lingüístico y expresar más allá de sus limitaciones.

      La trilogía integrada por Purgatorio, Anteparaíso y La Vida Nueva, recorre los desiertos, playas, cordilleras, pastizales y ríos, en un tránsito por lo precario y lo doloroso que busca la redención.

Libros publicados

  • Purgatorio, 1979
  • Anteparaíso, 1982
  • Canto a su amor desaparecido, 1986
  • El amor de Chile, 1987
  • Selección de poemas, 1990
  • La vida nueva, 1994
  • Poemas militantes, 2000
  • Sobre el amor y el sufrimiento, 2000

Premios y distinciones

  • Beca Guggenheim
  • Premio Nacional de Literatura.
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Raúl Zurita

POEMAS
LAS PLAYAS DE CHILE

						
Chile no encontró un solo justo en
sus playas apedreados nadie pudo
lavarse las manos de estas heridas


porque apedreados nadie encontró un solo justo en esas
playas sino las heridas de la patria abiertas llagadas
como si ellas mismas le cerraran con sus sombras los
ojos

i. Aferrado a las cuadernas se vio besándose a sí

ii. Nunca nadie escuchó ruego más ardiente que el
de sus labios estrujándose contra sus brazos

iii. Nunca alguien vio abismos más profundos que las
marcas de sus propios dientes en los brazos
convulso como si quisiera devorarse a sí mismo
en esa desesperada

Porque apedreado Chile no encontró un solo justo en
sus playas sino las sombras de ellos mismos flotando
sobre el aire de muerte como si en este mundo no
hubiera nadie que los pudiera revivir ante sus ojos

iv. Pero sus heridas podrían ser el justo de las playas
de Chile

v. Nosotros seríamos entonces la playa que les alzó
un justo desde sus heridas

vi. Sólo allí todos los habitantes de Chile se habrían
hecho uno hasta ser ellos el justo que golpearon
tumefactos esperándose en la playa

Donde apedreado Chile se vio a sí mismo recibirse como
un justo en sus playas para que nosotros fuésemos allí las
piedras que al aire lanzamos enfermos yacentes
limpiándonos las manos de las heridas abiertas de mi
patria
LAS CORDILLERAS DEL DUCE

						
Frente a la cordillera de los Andes
									desde el oestecomo la noche
Las cordilleras del Duce avanzando
i. No son blancas las cordilleras del Duce

ii. La nieve no alcanza a cubrir esas montañas del
oeste

Detenidas frente a la cordillera de los Andes
aguardando como cordón negro que esperara la
subida final de todas ellas allá en el oeste solas
agrupándose tras la noche

iii. Porque frente a los Andes se iban agrupando
como la noche del oeste

iv. Por eso la nieve no cubre las cordilleras del Duce
Sus cumbres son la noche de las montañas

Ciñéndose de negro frente a las nieves de Chile como si
los nevados no fueran otra cosa que espinas hiriendo la
noche y ellas pusieran entonces la corona sangrante de
los Andes

v. Por eso de sangre fue la nieve que coronó las
cumbres andinas

vi. Porque sólo la muerte fue la corona que ciñó de
sangre el horizonte

vii. Y entonces ya coronados todos vieron las
cordilleras del Duce ceñirse sobre Chile
sangrantes despejadas como una bandera negra
envolviéndonos desde el poniente
PASTORAL DE CHILE

            II
Los pastos crecían cuando te encontré acurrucada
tiritando de frío entre los muros
Entonces te tomé
con mis manos lavé tu cara
y ambos temblamos de alegría cuando te pedí
que te vinieses conmigo
Porque ya la soledad no era
yo te vi llorar alzando hasta mí tus párpados quemados
Así vimos florecer el desierto
así escuchamos los pájaros de nuevo cantar
sobre las rocas de los páramos que quisimos
Así estuvimos entre los pastos crecidos
y nos hicimos y nos prometimos para siempre
Pero tú no cumpliste, tú te olvidaste
de cuando te encontré y no eras más que una esquirla
en el camino. Te olvidaste
y tus párpados y tus piernas se abrieron para otros
Por otros quemaste tus ojos
Se secaron los pastos y el desierto me fue al alma
como un hierro al rojo sentí las pupilas
al mirarte manoseada por tus nuevos amigos
nada más que para enfurecerme
Pero yo te seguí queriendo
no me olvidé de ti y por todas partes pregunté
si te habían visto y te encontré de nuevo
para que de nuevo me dejaras
Todo Chile se volvió sangre al ver tus fornicaciones
Pero yo te seguí queriendo y volveré a buscarte
y nuevamente te abrazaré sobre la tierra reseca
para pedirte otra vez que seas mi mujer
Los pastos de Chile volverán a revivir
El desierto de Atacama florecerá de alegría
las playas cantarán y bailarán para cuando avergonzada
vuelvas conmigo para siempre
y yo te haya perdonado todo lo que me has hecho
¡hija de mi patria!
De Anteparaíso