Ricardo E. Molinari

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PALABRAS PRELIMINARES

Molinari: ni restauración, ni indiferencia

por Rodolfo Alonso

       La muerte suele resultar la última posibilidad de resonancia que les deja, hoy, la omnipresente sociedad del espectáculo, a los artistas exigentes o a los grandes retraídos. Ricardo E. Molinari fue sin duda ambas cosas y, en consecuencia, después que se aquietaron las leves ondulaciones necrológicas que provocó su fallecimiento, ocurrido el 31 de julio de 1996, se corría el grave riesgo de que su nombre rodara nuevamente hacia el olvido. Pero 1998 quiso despedirnos con una buena noticia: Perfil Libros va a publicar finalmente los poemas completos de Molinari, en una cuidada edición que será prologada por León Benarós.

       Nacido en Buenos Aires el 20 de mayo de 1898, el gran poeta vivió de niño con su abuela paterna, Bartola Delgado de Molinari, una uruguaya de los campos de Paysandú, en una vieja casona del muy porteño barrio de Villa Urquiza. En 1927 publica su primer libro, "El imaginero", elogiado aquí por Borges y en España por Rafael Cansinos-Assens, entonces una figura realmente singular en la península, donde Molinari iba a trabar temprana y entrañable amistad con Federico García Lorca y otros poetas de la legendaria generación del 27. Y así comienza la larga serie de sus bellísimas publicaciones de poesía, muchas de ellas folletos de carácter privado, en cuidadas ediciones de arte numeradas y firmadas, que recogen y continúan una memorable tradición de secreto y exigencia. No obstante la cual el merecido reconocimiento inicial no se detiene: en 1933 su libro "Hostería de la rosa y del clavel" recibe el Primer Premio Municipal, y en 1957 "Unida noche" el Primer Premio Nacional. Pero ésas y otras distinciones no modifican en absoluto su discretísima manera de ser.

       No es casual, en nuestros días, para una sociedad que sólo aplaude el show o la frivolidad más absoluta, dejar de lado a un alto poeta o a un hombre capaz de definirse, en vida y obra, "Distinto, distante", como señaló Antonio Pagés Larraya. Y tal desapego por las personalidades hondas y apartadas podría considerarse, en realidad, la más despiadada autocrítica que esa sociedad puede hacerse a sí misma. Hace ya tiempo, y no poco irónica o desoladamente, André Malraux supo enunciar que "nuestra civilización vive en lo sensacional como la griega vivió en la mitología".

       Pero el desencuentro de una figura como la de Molinari con los parámetros de su entorno, no se desprende sólo del creciente desinterés que le cupo, en los últimos tiempos, al único género que cultivó: la poesía, sino que viene quizás desde más lejos. En un comienzo, acaso desde la aparición de su libro inicial, que ya lo muestra en posesión de sus medios, el desenfoque fue tal vez percibirlo sobre todo como un diestro versificador enamorado de los clásicos castellanos cuando, de lo que realmente se trataba y se iba a ir apreciando cada vez más y más en el espléndido desplegarse de su escritura, esa vecindad era más bien con aquello que Dante Alighieri enunció cabalmente en su "Divina Comedia": la poesía es "la gloria de la lengua". Ese don que Molinari ponía de manifiesto ya desde un comienzo, esa "dicha del lenguaje" que Wallace Stevens ratificaría, a su vez, muchos siglos después del ilustre florentino y que, para nuestro poeta, nunca pudo ser en absoluto apenas técnica, meramente formal, tan sólo instrumental.

       Concomitante con aquella inicial y premonitoria acogida favorable, fue la atribución de un único signo dominante: la melancolía. Pero una melancolía a la que se percibió tan omnívora como para incluir dominios muy alejados de la mera interioridad, con un alcance incluso sociocultural cuando no hasta geopolítico. Porque de la insoslayable errancia desdichada del hombre destinado a la muerte se llegaba a extrapolar, a modo de proyección perversa, también un destino manifiesto en negativo para toda una comunidad. Lo cual, entre otras cosas, hubiera venido a reivindicar, cuando no a justificar, de un modo u otro, aquel viejo y tal vez raigal "no te metás".

       De ambas desventuras parecieron nutrirse muchos miembros de la llamada generación del cuarenta, cuya desdicha quizás fundacional pudo ser precisamente adjudicarse como utopías valores que Ricardo E. Molinari ya había llevado a su máximo esplendor. Y que, con las generaciones subsiguientes, iban a cambiar de sentido. Ya sea desde la vanguardia como desde el oficialismo populista (que más tarde iba a llegar a mimetizarse con la cultura de masas), cuando no también por parte de los entonces todavía activos medios de izquierda, las percepciones de la personalidad de Molinari llegaron a hacerse negativas. No se alcanzaba a percibir la hondura y la originalidad, la encarnada evidencia de su moderna inmersión -hacia adentro, no desde el exterior- en las formas clásicas, no sólo de la literatura castellana sino también de los míticos cancioneros galaico-portugueses y de su propio, límpido folklore nacional. Se olvidaba, acaso, aquello que su compatriota Juan L. Ortiz supo precisar: "el canto viene de muy lejos, de muy lejos, y no muere".

       Pero, volviendo a aquellas contrapuestas percepciones de diversas generaciones con respecto a Molinari, ¿no era quizá mucho pedir? ¿Cómo esperar que se perciba, así nomás, en medio de tantos tironeos, la sutil pero decisiva diferencia entre un ejercicio auténtico del lenguaje poético, cualquiera sea la forma en que se logre, y el riesgoso abismo de retórica a la que toda forma, sea moderna o clásica, está siempre asomada? Y sin embargo, tal vez precisamente de eso se trata: de ser capaz de percibir la diferencia. Y no sólo en la muy alta poesía de Molinari, por supuesto.

       Así, desde uno u otro bando, incluso antípodas, se pudo llegar a ver restauración del clasicismo en lo que no era sino evidencia, ejercicio actual y activo de una lengua poética, lo cual no puede dejar de incluir -hasta para oponérsele, que no era el caso- una conciencia de su historia, de su tradición, se acepte o no considerarlo en forma explícita. Y también se coincidió, por distintas razones, en hacer del más digno alejamiento de toda espectacularidad o de la honda experiencia de una melancolía sin duda metafísica pero también embebida de un paisaje identificable, síntomas de un desinterés por los avatares colectivos.

       Pero un hombre, cada hombre, es a la vez uno y todos, persona y especie, individuo y sociedad. Y especialmente Ricardo E. Molinari. Aquella metáfora original del desierto, nacida también de una concreta realidad pero devenida símbolo y signo para los padres fundadores de la literatura argentina, encontraba a través de esa entrañable ligazón de Molinari con su paisaje, el de las amplias llanuras no sólo bonaerenses, acaso una sublimación que no podía dejar de ser poética. Y así, sus grandes odas bien pueden parecer surgidas de su auténtico éxtasis frente a los grandes espacios abiertos de su identidad geográfica, antes que un mero ejercicio de preceptiva o de retórica. Cosa en la cual viene de algún modo a coincidir con los cuatro libros fundadores de la literatura argentina ("El matadero", "Facundo", "Martín Fierro", "Una excursión a los indios ranqueles"), en todos los cuales el desierto tiene una presencia insoslayable.

       Y también de aquellos padres de la sangre, y de otros como ellos ha heredado acaso Ricardo E. Molinari los dos fantasmas que podrían constituir, de un modo también visceralmente orgánico, los blasones de la cultura nacional. Porque si su melancolía se presenta directamente ligada con la "sombra doliente" que Rafael Obligado vio cruzar "sobre la pampa argentina", no es menos cierto que (mal que les pese a unos y otros) en la obra de Molinari iban a ir emergiendo también, en forma no menos evidente, signos de la otra "sombra terrible" que Sarmiento evoca y convoca desde las primeras líneas del "Facundo".

       ¿Se quiere oir? Oigamos: "¡Cuánta sangre amustia y empapa / esta injusta y rota / tierra argentina! ("Oda XI"); "Y comienza el terror sabido e implacable" ("Oda IV"); "Estoy encerrado en mi país y tengo hastío, horror desesperado" ("Elegías"); "Los otros recibieron los campos y pusieron estacas, / los árboles espinosos, los alambres, / y marcaron las haciendas chúcaras, y los demás, el abandono, las voces deshechas y los perros. / Y en las salas llenas de ancianas damas que hablan de la patria, del honor, de la gran estancia que es la nación, arrogantes, / que nunca limpiaron una venda, ni lloraron a los degollados tirados / a un bañado, al cangrejal hambriento, / pasan la vida. / A los argentinos nos gustó la sangre..." ("Oda a un soldado").

       La digestión, en el mejor sentido, individual pero preferentemente colectiva, de obras de este nivel constituye -si ocurriera- lo que sí podría entonces llamarse cultura. La evidencia latente de un lenguaje encarnado, con serlo, no se agota tan sólo como experiencia estética, por originalísima que sea. Todo poema logrado implica una ética, nos dijo otro gran olvidado, Raúl Gustavo Aguirre. Que para Baudelaire "se hace negación de la iniquidad". Y si el lenguaje nos permite expresar nuestro yo más íntimo, más profundo, esa individualidad (así sea extrema) no puede dejar de concretarse en un medio -el lenguaje- que es también, al mismo tiempo, irremediablemente social.

       Y así como de aquellos libros seminales de los cuales fluye nuestra literatura nacional vemos emanar, intuyendo que no son resultado de propuestas digamos conscientes, racionales, las voces hondas y hasta ocultas de su identidad como país y como cultura, también (con menos estridencia, con más don de lenguas) de la extremadamente rica, sugestiva palabra poética de Ricardo E. Molinari se siente emerger, asimismo -como si el predominante marco de la melancolía fuera su elaboración, en un sentido psicoanalítico-, el trasfondo de violencia y de horror que subyace quizás bajo la mansedumbre aparente de las pampas bonaerenses.

       Y que ni a él mismo respetó. Sus "Obras completas" fueron destruidas por la dictadura militar del Proceso: "Me contaron que un muchacho, un soldadito, un conscripto, cuando quemaron los libros míos fue a pedirle a un oficial que le diera un ejemplar y lo metieron en el calabozo. Son las cosas ‘agradables’ de la Argentina, que se ven toda la vida."

       Sí. Porque "Ni el tiempo oscuro, imposible, / de estos años miserables / sobre la tierra, han vencido / las palabras, el reclamo". Y también, porque, todavía, "La patria es linda y de algunos". Parafraseando a Pedro Henríquez Ureña, ¿no podríamos concluir, entonces, que cada generación debería leer a su Molinari?

Publicado inicialmente en Banda Hispânica

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

      Nació en 1898 en Argentina. Huérfano desde muy pequeño, su educación estuvo al cuidado de sus abuelos quienes le prodigaron una esmerada educación. Muy joven editó su primer libro El imaginero, cuyo lenguaje poético hizo que los intelectuales de su país lo reconocieran como unos de los grandes poetas de la época.

      Junto a Borges y Leopoldo Marechal, integró un importante grupo literario  reunido alrededor de la revistas Martín Fierro, Inicial y Cuadernos del plata.

      Falleció en 1996

Libros publicados

Entre otros:

  • El tabernáculo , 1937
  • La corona, 1939
  • El alejado, 1943
  • Esta rosa oscura del aire, 1949
  • Cinco canciones a una paloma que es el alma, 1955
  • Oda a la pampa, 1956
  • La hoguera transparente, 1970
  • La escudilla, 1973

Premios y distinciones

  • Premio Nacional de Poesía en 1958

Membresías

Desde 1968 ocupó  una silla en la Academia Argentina de Letras.

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Ricardo E. Molinari

POEMAS
ESTAS COSAS

No sé, pero quizás me esté yendo de algo, de todo,
de la mañana, del olor frío de los árboles o del íntimo sabor
de mi mano. Pero estas llamas y la lluvia bajan por la tarde del día elevadas, con su trabajo cruel
y afanoso, con el terror de la primavera y el tiempo y la noche
vanamente disueltos en su impaciencia.
Yo sé que estoy mirando, extendido, sin atender
lo que el polvo y el abandono ocultan de mi cuerpo y de mi lengua. Una palabra, aquella
sonriente y terrible de ternura,
oscurecida por la razón y el mágico envenenamiento de la nostalgia;
sedentaria huye por un campamento, llamada y perseguida permanente,
sin alguna vez, devuelta entera y desentendida
al seno ardiente de la noche, al ser mayor e indestructible de la atmósfera.
Nada queda después de la muerte definido y elevado, ni la imagen voluntariosa
sobre los pastos crecidos y ondulantes, ni el pie
atropellado que dispara de su quemada historia intacta.
Sin clamor el rostro siente el húmedo temporal, el albergue perecedero
y la flor abierta en el vacío,
sin volver los ojos, va en su rapidez disuelto
y extrañísimo.
Soy el ido, el variante del cielo,
de la calle muerta en las nubes,
su entretenimiento como un pájaro.
¡Amor, amor! una brizna del sentido,
tal vez un día donde mis labios bebieron la sangre
y todas estas nieblas azotadas e irremediables, perdidas.
Decidido, toma, ¡oh noche!, mis secos ramos y llénalos de rocío brillante
y pesado, igual al de las hojas del orgulloso y reclinado invierno.

CASIDA DE LA BAILARINA

Si baylas, no miro miembros tan sueltos
en tus ninfas... ribera Gaditana,
ni passos hazia Venus tan resueltos
Bocángel

I

Quiero acordarme de una ciudad deshecha junto a sus dos ríos sedientos;
quiero acordarme de la muerte de los jardines, del agua verde que beben las palomas,
ahora que tú cantas y bailas con una voz áspera de campamento;
quiero acordarme de la nieve que vuelve con la lluvia
para humedecer su boca de viento dormido, su luna abierta entre la yedra.
Quiero acordarme de mis amigos, !ay!, de cómo dormirá una mujer que he querido.
Baila, aliento triste, alarido oscuro. Lleva tus pies de acero sobre los alacranes
que tiemblan por las hojas de la madera,
golpeando sus tenazas de polvo
cerca de tu piel.
Baila, amanecida; empuja el aire con el calor del cuello, con la serpiente que conduces rota
en la mano enamorada y dura.
Yo estoy pendiente de ti, ensombrecido: tu canto me enfría la cara, me envenena el vello.
¡Qué haría para poder estar quieto,
abierto en tu garganta llena de barro,
hasta resbalarme por tu pecho, como una llama de rocío!
Baila sobre el desierto caliente.
Nilo de voz, delta de aire perecible.

II

Quisiera oír su voz que duerme con su narciso de sangre en el cuello,
con su noche abandonada en la tierra.
Quisiera ver su cara caída, impaciente sobre el amanecer,
junto a su viola de luz insuperable, a su ángel tibio;
su labio con su muerte, con su flor deliciosa, sumergida.
Así, ofrecido; luna de jardín, perfume de fuente, de amor sin amor;
¡ah!, su alto río encerrado vagando por la aurora.

III

Rosa de cielo, de espacio melancólico;
Orfeo de aire, numeroso, solo. ¿Quién verá
la tarde que contuvo su cara de hombre muerto?
Su soledad esparcida entre los ríos.

IV

Baila, que él tiene el cuerpo cubierto de vergüenza
y la lengua seca, saliéndole por la boca dulce,
como una vena perdida.
Yo pienso en él, y ya no me duele el silencio,
porque nunca estarás más cerca de la luz
que en su muerte. Su pobre muerte encadenada.
¡Ya se ve su sueño en el desierto!
Las altas tardes que van naciendo del mar, los pájaros con los árboles de las colinas, las gentes aún pegadas a las sombras,
a los ríos oscuros de la carne.
Su muerte, sí, su muerte, un poco de la nuestra,
de nuestra muerte sin premura. Ya estás ahí, solo como alguno de nosotros en la vida.
Duerme, triste mío, perdido, que yo estoy oyendo
el canto del adufe que viene del desierto.