Rogelio Ramos Signes

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PALABRAS PRELIMINARES

       Creo que no hay género más autobiográfico que la poesía. Me siento autorizado a decir esto porque también escribo ensayos y narrativa.

       Con un buen argumento y algo de oficio, un cuentista puede entretener (distraer y hasta engañar) a sus lectores. Con la poesía no ocurre lo mismo. Los juegos pirotécnicos duran poco y, si el poeta nada tiene para decir, pronto quedará al descubierto.

       La poesía debe ser novedad en el lenguaje. No en lo que se refiere a la invención de neologismos (cosa odiosa si la hay), sino en la acepción inesperada de la palabra. La poesía puede ser buena o mala, según la estimación y la sensibilidad de quien la lea; pero siempre estará obligada a no ser obvia.

       Creo, definitivamente, que la poesía es un género que no se presta para la mentira, tal vez por eso su retórica sea la única capaz de cortar el discurso del poder.

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan, en 1950

Libros publicados

Poesía

  • Soledad del mono en compañía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994

Cuentos

  • Las escamas del señor Crisolaras, Sudamericana, Buenos Aires, 1983

Novela corta

  • Diario del tiempo en la nieve, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985
  • En los límites del aire, de Heraldo Cuevas, El Péndulo 13, Buenos Aires, 1986

Ensayos y artículos

  • Polvo de ladrillos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995
  • El ombligo de piedra, Libros del Hangar, Tucumán, primera edición, 2000; segunda edición, 2001

Premios y distinciones

Premio “Más Allá” a la mejor novela de ficción publicada en la Argentina durante 1986, por En los límites del aire, de Heraldo Cuevas

Colaboraciones

Colabora en revistas de Argentina, Colombia, Venezuela, México y España.

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Rogelio Ramos Signes

POEMAS
Atardecer de invierno

					
“Me paro en la luz oscura de la calle oscura
y miro mi ventana. Yo nací allí.”
Gregory Corso
 Las luces de los modestos talleres 
de corte y confección 
       ya se habían encendido 
al costado de un canal de deshielo 
que por Zonda y Marquesado bajaban del oeste. 

Las luces de las melosas fábricas 
de dulce de membrillo 
       ya se habían encendido 
sobre el vapor de unas ollas enormes 
con destino de cielo raso 
y sin paradas intermedias. 

Las luces de las carbonerías 
       ya se habían encendido 
en la promesa de un calorcito que vendría después 
con la merienda preparada por mamá 
y el negro del carbón se haría rojo fuego 
y el rojo se volvería incuestionablemente gris 
y el gris, cosa que vuela. 
       “No soples de tan cerca
              que hace mal a los ojos”. 
Las luces de una habitación 
donde un niño miraba viejas estampas 
coloreadas en imprentas que nunca conocería 
       ya se habían encendido. 
De la simplicidad de la llama. De la pasión de la piedra.
a Teodoro
Ávila

       Según recuerda Teodoro I, el Albino, es hacia marzo o abril cuando Ambrosia de Costelo (o Natividad Alós, o Pascuala de Jaime, o Carmela Littré) descorriendo las cortinas del encanto, muestra su pecho comido por el cáncer a Raimundo Lulio que, urgido por el deseo y amparado por la noche, violenta los secretos de la alcoba.

       “Éste es el cuerpo al que cantas y celebras -dícele Ambrosia, o quien fuere, según un texto que hoy desautorizan los biógrafos de Lulio-. Por él entraste al templo con tu caballo, a robarme de mis pensamientos. Por él escribiste tanta línea presa de la osadía. Por él habitaste los interminables corredores del insomnio. Yo, sin embargo, todavía soy el cervatillo asustado que late bajo estos tumores”.

       Ese día de 1263 (año más, año menos) avergonzado de su propia frivolidad, Raimundo Lulio, que ha recibido la visita de Jesús Crucificado mientras compone “una vana canción a su enamorada”, decide consagrar su vida al Todopoderoso. Mortificado, caritativo y penitente, emprende un largo peregrinaje. Mediante la Tabla del Alma Racional y sus Potencias intenta demostrar lo indemostrable. Munido de la ciencia, desvela los secretos de la Divina Trinidad, funda monasterios, escribe 255 obras, combate a los averroístas latinos y, en su propia lengua, seduce a los sarracenos.

       “Mundano fui y en buena situación de fortuna -escribe Raimundo- pero renuncié a todo para honrar a Dios. He sido detenido y encarcelado por mi Fe. Ahora soy viejo y muy pobre, mas permaneceré en el mismo propósito hasta la muerte"”

       Lapidado en un antiguo castillo de Túnez a los ochenta años, Raimundo Lulio va apagándose lentamente sin lograr disolver con las fórmulas de su alquimia las piedras del muro que lo separa de la vida. Ayudado por su Dios (que a la postre es Dios) queda en libertad, pero golpeado y abandonado en las calles de Bugía, mira por última vez la silueta de Mallorca desde una nave que cruza hacia la niebla donde todo se esfuma.

       Dada ya la medianoche en los puertos calientes de la Tierra ¿cuál será el reptil de este mundo que llore la gema ponzoñosa del amor o del odio?

Frente a un afiche lejano y placentero

						
Una mujer, 
una bella modelo 
de piel más que perfecta 
sostiene en sus dedos un cigarrillo 
y lanza al aire el humo que le sobra 
después de haber tapizado con él 
la intimidad absoluta de sus pulmones. 
La imagen ha dado la vuelta al mundo. 
Detrás del humo: 
su pómulo izquierdo levemente velado 
y los canales de Venecia 
concurridos de estandartes y de góndolas. 
Delante del humo: 
el fotógrafo que hizo la toma 
(por eso no se lo ve) 
y ahora 
en un mercadito de Calingasta 
donde la cordillera está más acá 
del límite de la vista 
yo me ahogo 
no con el humo del afiche veneciano 
que visitó esos pulmones 
de mujercita plástica al detalle 
que me mira sin descanso, 
sino con el polvo de una vereda de tierra 
que un  niño se empeña en desordenar 
corriendo porque sí atrás de una gallina.
Hazte de fábula y échate a la fosa
(o Cuídate del Mauser 1896)

						
Puesto a beber en la fuente de las corderitas
lobo fue 
              mas no dejó sus huellas. 
Alguien baló, alguien meó, alguien dijo 
“asesino” 
alguien puso un cartel 
“no beberá de esta fuente quien desgarra, 
quien produce escozor bajo las lanas”. 

Puesta a llorar en la charca inmunda de los lobos 
cordera fue 
              pero nunca ¿por qué? cuerpo ultrajado. 
Alguien aulló, alguien meó, alguien dijo 
“pobre mujer” 
alguien soltó un proyectil harto certero 
sobre el cuerpo del lobo que dormía. 

Yo sé 
              (yo sé, yo sé) 
que jamás encontraré la moraleja.
Ingeniería del corazón

						
No todos mis caminos conducen a Roma. 
Vientos huracanados 
de más de cien desazones por hora 
echaron abajo el mejor de mis puentes 
       (los vecinos más viejos cayeron al vacío). 
Lluvias que suceden por debajo de los ojos, 
algunos excesos -que fueron muchos- 
y esa suerte que siempre está de espaldas 
dañaron la carretera más pequeña 
       (mujeres empantanadas 
       terminaron desarmándose 
       en la boca humeante de los lobos). 
Pero, aquí me ves 
recostado a pesar de la prisa 
aguardando la buena voluntad 
de obreros que no conozco 
y una pizca de miedo. 

Dicen que en los caminos 
que todavía conducen a Roma 
hace mucho calor 
y la gente discute sin motivos. 

Aquí el frío por momentos es intolerable, 
la tinta se cristaliza antes de llegar al papel 
y algunas lenguas improvisan saludos. 
Hasta donde pude averiguar 
nadie sabe quién poda por las noches 
el ligustro de los sueños. 

 El café está prohibido.
Tucumán, 12/11/1998
Poema de, y acerca de, la piedad

						
Donde estaba su sabueso rondando cosas nutritivas, 
donde estuvo mi silla y cayeron pájaros asesinos 
una tarde que andábamos levantándole los ojos 
entre tanta desazón, vinieron hombres antinubes 
       querida hermana 
       comandante Ernesto 
con dulces en las manos vinieron 
y eran hombres felices aunque cargaban la cruz. 
Les hicimos la pregunta de rigor en estos casos. 
Contestaron que mañana, que el jueves, 
que algún día de éstos, 
que pasadas las lluvias, 
que si Telésforo regresaba reluciente de mica 
y no sangraba por los brazos, 
que si salía el sol media hora más tarde, 
que si graznaba la corneja 
       pero no aquí 
sino en Winnipeg (Lago Riverton) Manitoba, 
que si lloraban las mujeres 
en Pie de Palo, departamento Caucete 
y yo te sentaba sobre mis piernas 
       negros los dos 
       a veces blanca 
las cosas cambiarían. 
Les contestamos que sí, 
que de piedad ya estaba bueno 
y que los hombres en el fondo no son tontos. 
Pero te oscureciste de cipreses 
que fue un capricho, 
un dejarte morir inmolada y tan serena 
como murió El De Los Clavos. 
Los diarios dijeron 
que las cosas cambiarían. 
Donde estaba mi hija descifrando el universo 
mataron a un anciano que robaba comida 
              (puedo dar fechas, nombres y lugares) 
dolor sobre dolor. 
Pero de piedad ya estaba bueno 
              repetían los diarios, 
ya estaba bueno de voltearse a los costados del cuerpo 
con una sola madre y un solo castigado 
              hermano comandante 
              amiguita mía. 
Fue por eso que hicimos la pregunta. 
Dijeron que mañana, que el jueves, que pasado 
(lo corriente en estos casos), 
que la mica de Telésforo 
y el sol de los diaguitas, 
que la misma corneja graznando en Manitoba.

La inclusión de estos poemas de Rogelio Ramos Signes en
Poéticas es una atención de Julio Carabelli