Salvatore Quasimodo

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PREMIO NOBEL DE LITERATURA 1959

 

PALABRAS PRELIMINARES

Quasimodo, poeta del tiempo 

         El itinerario poético de Salvatore Quasimodo (1901-1968) está signado por la estación literaria que lo precedió (Campana, Saba, Ungaretti, Montale) y por el contexto trágico de las guerras mundiales y el devenir del hombre moderno, entre los escombros de los bombardeos y las esperanzas de una renovación con rostro humano.

         Como si esas dos líneas se cruzaran inevitablemente, la escritura de Quasimodo  las resume en el esplendor de la palabra y el dolor por el destino humano.

         El "hermetismo", como se suele llamar a ese período deslumbrante de la poesía italiana, no define solamente el perfil críptico del lenguaje sino también el trabajo de condensación al que es sometida la palabra poética: "decir lo máximo con lo mínimo", como decía Borges sobre Emily Dickinson (con quien Quasimodo parece tener notables vínculos estéticos).

         En lo más profundo de la poesía del escritor nacido en Modica, Sicilia, late la soledad infinita del hombre, desnudo y pensante, interrogándose por su condición frente a la inmensidad del universo...

Cada uno está solo
sobre el corazón de la tierra,
traspasado por un rayo de sol,
y enseguida anochece (1)

         La intensidad vital ("corazón de la tierra"/ "rayo de sol") no esconde la fragilidad de la condición humana que, para Quasimodo, es la soledad radical del hombre frente a la inmensidad metafísica ("cada uno está solo") y que se evidencia en el dramatismo del tiempo humano, mínimo y fugaz ante el tiempo natural o universal ("y enseguida anochece").

         Esa dolorosa tensión temporal se cruza en el hombre, que aparece una y otra vez como el escenario donde se manifiesta la dicotomía:

desde hace siglos la hierba reposa
su corazón conmigo,
me despierta la muerte:
más uno, más solo,
tocar fondo del viento,
de noche (2)

         El recorrido de la permanencia, cifrada en ese "reposo de la hierba" que deja su corazón en el tiempo fugaz del hombre, como una sombra leve, olvidadiza y pura, colisiona con el estrépito de la muerte que desnuda el ser en su unicidad solitaria e irremediable ("más uno, más solo"). El dulce sueño vital del ser humano se fragiliza y se conmociona cuando lo atraviesa el otro tiempo, seco, oscuro, y sin dobleces del tiempo mortal ("tocar el fondo del viento, de noche").

         En el poema "A la noche", se reitera esa tensión temporal -que en verdad atraviesa toda su obra poética – pero desde una problematización estética y filosófica que corrobora la densidad reflexiva del "arte poético" quasimodiano:

De tu matriz
emerjo desmemoriado
y lloro.
Caminan ángeles mudos
conmigo; las cosas no tienen aliento,
toda voz convertida en piedra,
silencio de cielos sepultados.
Tu primer hombre
no sabe, pero sufre (3)

         Como en pocas ocasiones, la poesía resume y condensa las napas más profundas del pensamiento del hombre de entreguerras, del europeo de los años treinta, del italiano que miraba con preocupación el devenir del siglo; pero no es -nunca lo es en Quasimodo- una mirada meramente socio-histórica: su poesía contiene el tiempo histórico pero deja ver los abismos que su intuición metafísica proyecta desde el pensar (porque es una palabra intelectual) y desde el sentir (porque la palabra se impregna, también, de la angustia existencial).

         En "A la noche", el hombre adquiere su dimensión verdadera desde el sufrimiento ("emerjo desmemoriado y lloro") que Quasimodo despliega en el espacio poético como derivación del clima intelectual de su época (Kierkegaard, Nietzsche, Heideggeer, Freud, el simbolismo rimbaudiano y ungarettiano...) y habla de "ángeles mudos" para decir la afasia del ser metafísico, el abismo del que hablaba Kierkegaard, tal vez, y esas "cosas que no tienen aliento" como enunciación de un ahogo existencial que atravesaba el espíritu de época, anticipándose a las dilucidaciones filosófico-literarias de Sartre, Camus o Hermann Hesse. Ante los "cielos sepultados" que definen el más absoluto silencio, ante el cual el hombre redescubre y vislumbra su entera soledad, sus posibilidades de libertad se manifestarán únicamente en la creación (como aparecerá en poemas posteriores). Pero la certeza palpable es el dolor ("tu primer hombre no sabe, pero sufre") que se convierte en el conocimiento del que no sabe su destino pero sabe su sufrir: el necio sufrir.

         En "Apolo", de 1936, Quasimodo expone su ilusión humanista: el espacio artístico como campo de la libertad en el que el hombre se reencuentra con su memoria apaciguada:

Nace la hora
de la muerte plena, Apolo,
mis miembros todavía, están torpes
y el corazón pasa sin memoria (4)

         A la esencia cultural de Occidente, a las raíces mismas de la construcción del hombre europeo se dirige la poesía de Quasimodo para buscar luces en el atolladero de su época. En ese regreso aparecen los fuegos grecolatinos y el sentido nuevo de la libertad: es en la invención artística y en el discurso mítico donde el hombre moderno puede reencontrarse consigo; en "Isla de Ulises", poema de esos mismos años, leemos:

Del fuego
nace la isla de Ulises.
Ríos lentos llevan árboles y cielos
al rumor de orillas lunares (4)

         El tiempo de la poesía, ese otro tiempo, propone un "fuego celeste" que, por fin, equilibra y remedia la tensión inicial que planteamos cuando advertíamos la dicotomía entre la fugacidad del tiempo-humano y la perennidad del tiempo natural o universal.

         Desde el tiempo poético, Quasimodo parece proponer esa recuperación del "fuego" de los antiguos relatos, y es posible una "eternidad" que eluda los irrevocables rostros de la muerte. Desde la palabra poética, dice el escritor de Modica, es imaginable la persistencia de una memoria humana.

         En sus poemas últimos esa certeza, esa convicción poética (que es en el fondo una devoción por la naturaleza humana) se vigoriza en los textos de posguerra: La vida no es sueño (1948), La tierra incomparable (1958) y Dar y tener (1965). De ese libro final, rescatamos "Imperceptible el tiempo", que nos habla, de nuevo y para siempre, del tiempo inasible y perenne del decir poético:

En el jardín se vuelve roja
la naranja, imperceptible
el tiempo danza,
en su corteza,
la rueda del mundo se separa
de la corriente de agua
pero sigue girando
y arrolla un minuto
al minuto pasado o futuro... (5)

 

Referencias:

(1) “Y enseguida anochece”, de Aguas y tierras, 1929
(2) “Reposo de la hierba”, de Óboe sumergido, 1932
(3) “A la noche”, de Óboe sumergido, 1932
(4) “Apolo”, de Erato y Apolo, 1936 // Isla de Ulises, op. cit.
(5) “Imperceptible el tiempo”, de Dar y tener, 1965

Publicado inicialmente en Tribuna Digital, 20/11/2004

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

         Nació en Módica, Sicilia, el 20 de agosto de 1901. Su padre, de profesión ferroviario, fue trasladado a Mesina en 1908 poco después del terremoto que asoló dicha ciudad en diciembre de ese mismo año. Fue en esta ciudad donde escribió sus primeros versos, con sólo dieciséis años, y los publicó en una pequeña revista literaria que editó junto a unos amigos en el instituto técnico donde estudió.

         En 1919 se mudaron a Roma, y allí se matriculó en ingeniería en el Politécnico; las dificultades económicas le obligaron a realizar diversos trabajos para poder pagarse los estudios universitarios, que finalmente no llegó a terminar. En esa época se empezó a despertar en él el interés por el griego y el latín. En 1926 se trasladó a Reggio di Calabria, al conseguir allí una plaza de funcionario aparejador.

         Su primera publicación poética fue en 1930 en la revista “Solaria”, donde apareció una colección de poemas suyos con el título de Aguas y Tierras (Acque e terre). Dos años después publicó Óboe sumergido (Oboe sommerso), obra que despertó un gran interés entre los críticos literarios.

         A partir de 1934 vivió en Milán, frecuentando los círculos literarios de dicha ciudad. En 1938 pudo dejar al fin su trabajo de aparejador, haciéndose redactor de la revista “Il Tempo”, en la cual, aparte de encargarse de la crítica teatral, se mostró opositor al fascismo. En 1940 publicó Líricos griegos (Lirici greci), obra en la que reunió sus traducciones de los clásicos y que representó una etapa importante en su producción literaria, pues mostró en ella su interés en el acercamiento entre la poesía clásica y la contemporánea. Fue nombrado profesor del Conservatorio de Milán en 1941, y en 1942 publicó Y de repente la noche (Ed è subito sera), obra con la que alcanzó un gran éxito, y en la que apareció recogida una antología de su producción poética hasta esa fecha.

         Entre 1949 y 1958 intensificó su producción como traductor, publicando varias traducciones del latín (Catulo), del griego (el evangelio según san Juan y Sófocles), y del inglés (La tempestad de Shakespeare). A partir del fin de la Segunda Guerra Mundial introdujo en los temas de su poesía contenidos más sociales, relacionados con la situación política de su país. Compartió con Dylan Thomas, en 1953, el premio Etna-Taormina de poesía.

         En 1959 obtuvo el Premio Nobel de Literatura. El discurso que pronunció ante la Academia Sueca, en el que defendió el papel activo del poeta y de la poesía en la sociedad, fue publicado en 1960 junto con otros ensayos en el libro El poeta y el político.

         En 1960 fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Mesina. Durante los últimos años de su vida realizó una activa labor periodística, publicando numerosos artículos de opinión en los cuales criticó ácidamente el consumismo de la sociedad moderna. Murió en Nápoles,, el 14 de junio de 1968 a causa de una hemorragia cerebral. Está sepultado en el Cementerio Monumental de Milán.

         En la poesía de Salvatore Quasimodo pueden distinguirse  dos etapas diferentes: la primera corresponde a los poemas publicados en la antología Y de repente la tarde y a su obra poética publicada hasta el final de la guerra, en los cuales utilizó una forma escueta, casi minimalista, junto con un contenido fuertemente simbólico. Este estilo hermético lo compartieron con él otros poetas italianos de su época, como Giuseppe Ungaretti, Alfonso Gatto y Mario Luzi, todos ellos fuertemente influenciados por los poetas franceses Paul Valéry y Stéphane Mallarmé, y con los cuales conformó la que ha sido denominada escuela hermética italiana.

         Una vez terminada la guerra, al desaparecer la censura, los temas de la poesía de Quasimodo se volcaron en la problemática social, utilizando hábilmente la analogía entre las esclavitudes humanas actuales y los mitos griegos; abandonó entonces el hermetismo y desarrolló una poesía más clara y vital. Murió en Amalfi, el 14 de junio de 1968.

Libros publicados

  • Aguas y Tierras, 1930
  • Oboe sumergido, 1932
  • Erato y Apolión, 1936
  • Y de repente la noche, 1942
  • La vida no es sueño, 1949
  • La tierra incomparable, 1958
  • El poeta y el político, 1960
  • Dar y tener, 1966

Publicado inicialmente en Wikipedia

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Salvatore Quasimodo

POEMAS
A TU LUMBRE NÁUFRAGA
   
Nazco a tu lumbre náufraga,
ocaso de aguas límpidas.

De hojas serenas arde
el aire consolado.

Desarraigado de los vivos,
corazón transitorio,
soy un límite vano.

Tu don tremendo
de palabras, Señor,
asiduamente pago.

Despiértame de entre los muertos:
cada uno ha tomado su tierra
y su mujer.

Tú me has mirado dentro,
en lo oscuridad de las vísceras;
ninguno tiene mi desesperación
en su alma:

soy un hombre solo,
un solo infierno.
Y DE PRONTO ANOCHECE
   
Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y de pronto anochece.
NUNCA TE VENCIÓ NOCHE TAN CLARA
   
Nunca te venció noche tan clara
si te abres a la risa y parece que tocas
una escalera de astros
que ya bajó en el sueño, rodando,
para situarme atrás, en el tiempo.

Dios era entonces temor de estancia clausurada
donde un muerto reposa,
centro de toda cosa,
del cielo y del viento, del mar y de la nube.

Y aquel arrojarme a la tierra,
aquel gritar alto el nombre en el silencio,
era dulzura de sentirme vivo.
Traducción: Horacio Armani
HOMBRE DE MI TIEMPO
   
Hombre de mi tiempo, eres aún aquel
de la piedra y la honda. Estabas en la carlinga
con las alas malignas, los cuadrantes de muerte
-te vi- dentro del carro de fuego, en las horcas,
en las ruedas de tortura. Te vi: eras tú,
con la ciencia precisa dispuesta para el exterminio,
sin amor, sin Cristo. Has matado de nuevo,
como siempre, como tus padres mataron, como mataron
los animales que te vieron por vez primera.
Y huele esta sangre como la de aquel día
en que el hermano dijo a otro hermano:
"Vamos al campo". Y aquel eco frío, tenaz,
llegó a ti, y llegó a tu jornada.
Olvidad, oh hijos, las nubes de sangre
que ascienden de la tierra, olvidad a los padres:
sus tumbas se hunden en el cenizal,
los pájaros negros, el viento, cubren sus corazones.

La inclusión de Salvatore Quasimodo en Poéticas es una atención de Martín Sosa López