Samuel Taylor Coleridge

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DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

       Poeta, crítico y filósofo inglés, líder del movimiento romántico en su país.

       Coleridge, hijo de un vicario, nació en Ottery St. Mary el 21 de octubre de 1772. Entre 1791 y 1794, salvo un breve período en que, por hallarse muy endeudado, tuvo que alistarse en el ejército. Coleridge estudió en el Jesus College de Cambridge. En la universidad adoptó una serie de ideas políticas y teológicas entonces consideradas radicales, especialmente las del unitarismo. Abandonó Cambridge sin haberse doctorado y se unió al poeta Robert Southey con la idea, pronto descartada, de fundar en Pensylvania una sociedad utópica basada en las ideas de William Godwin. En 1795, se casó pero el matrimonio resultó un fracaso. Southey, que había contraído matrimonio también, partió para Portugal pero Coleridge permaneció en Inglaterra escribiendo y ejerciendo la enseñanza. En 1796 publicó Poemas misceláneos.

       El año anterior había conocido al poeta William Wordsworth y a su hermana Dorothy, con los que entablaría una duradera amistad. Su relación con Wordsworth se tradujo en la colaboración de ambos en un volumen de Baladas líricas (1798), que se convirtió en un hito de la poesía inglesa; ese libro contenía los primeros grandes poemas de la escuela romántica, como por ejemplo el famoso "Cantar del viejo marino". Los años 1797 y 1798, cuando ambos amigos vivían cerca de Nether Stowey, en Somerset, fueron tal vez los más fructíferos de la vida de Coleridge. Además del "Viejo marino", escribió el poema simbólico "Kublai Khan", comenzó el poema místico-narrativo "Cristabel", y compuso "Escarcha a medianoche" y "El ruiseñor", que están considerados entre sus mejores poemas.

       En el otoño de 1798 Coleridge y Wordsworth emprendieron un viaje a Europa continental; Coleridge prefirió seguir solo y pasó la mayor parte del tiempo en Alemania. Durante este periodo abandonó su interés por el radicalismo político y comenzó a sentirse atraído por la filosofía alemana, en especial por el idealismo de Immanuel Kant, los escritos místicos de Jakob Boehme y la crítica literaria del dramaturgo G. E. Lessing. Coleridge estudió alemán y tradujo al inglés la trilogía dramática Wallenstein del poeta romántico Friedrich von Schiller. Estos estudios lo convirtieron en el más influyente intérprete inglés del romanticismo alemán. Por entonces Coleridge ya era adicto al opio, droga que utilizaba para aliviar el reumatismo. En 1800 regresó a Inglaterra y poco después se instaló junto a su familia y amigos en Keswick, en el distrito de los Lagos. En 1804 marchó a Malta, donde fue secretario del gobernador. Regresó a Inglaterra en 1806. Entre 1808 y 1819 dictó su famosa serie de conferencias sobre literatura y filosofía; las conferencias sobre Shakespeare renovaron en parte el interés por el dramaturgo. Durante este período Coleridge escribió también sobre religión y teoría política.

       En 1816 Coleridge, alejado de su familia, se instaló en la residencia londinense de un admirador suyo, el médico James Gillman. Allí escribió su principal obra en prosa, Biographia Literaria (1817), una serie de disertaciones y notas autobiográficas sobre diversos temas, entre las que destacan sus observaciones literarias. Son dignos de mención los apartados en los que analiza la obra de Wordsworth y expresa sus puntos de vista sobre la imaginación y la naturaleza de la poesía. Durante su reclusión en casa de Gillman se publicaron Hojas sibilinas (1817), Ayudas para la reflexión (1825) e Iglesia y Estado (1830). Coleridge murió el 25 de julio de 1834 en Londres.

       Sus contemporáneos lo alabaron por su criterio europeo, y hoy en día se le considera un poeta lírico y un crítico literario de primer orden. Su teoría de la poesía produjo una de las ideas centrales de la estética romántica: la imaginación poética como elemento mediador entre las diversas culturas modernas. Sus temas poéticos abarcan desde lo sobrenatural hasta lo cotidiano. Sus tratados y conferencias, así como su irresistible conversación, lo convirtieron en uno de los más influyentes filósofos y críticos literarios ingleses del siglo XIX.

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Samuel Taylor Coleridge

POEMAS
BALADA DEL VIEJO MARINO

						
       IV
«¡Te tengo miedo, anciano Marinero! 
        Me da miedo tu mano descarnada; 
Y además eres larguirucho, y flaco, y muy tostado 
        como lo es la ondulada arena del Mar.

«Te temo a ti y a tus ojos relucientes 
        y a tu mano descarnada tan oscura—»
«¡No temas, no temas, invitado de la boda! 
        Que no cayó sin vida este cuerpo.

«Solo, solo, en verdad completamente solo 
        solo en la ancha inmensidad del Mar; 
y Cristo no habría de tener compasión 
        de mi alma en agonía.

«¡Tantos hombres tan hermosos, 
        y todos ellos yacían muertos!
Y un millón de millones de cosas repugnantes 
        seguían vivas—como yo.

«Miré hacia el Mar putrefacto, 
        y al instante retiré los ojos; 
miré hacia la cubierta fantasma, 
        y allí yacían los muertos.

«Miré al Cielo, e intenté rezar; 
        mas en cuanto había terminado una oración, 
un susurro maligno me alcanzaba y me volvía 
        el corazón tan seco como el polvo.

«Cerré los párpados y los mantuve bien cerrados, 
        hasta que los globos de los ojos me latían intensamente; 
porque el cielo y el mar, y el mar y el cielo 
sobre mis ojos cansados pesaban como una carga insoportable, 
        y los muertos estaban a mis pies.

«El sudor frío se fundía en sus cuerpos: 
        ni se descomponían, ni apestaban; 
la mirada con la que me contemplaban, 
        nunca jamás se me ha olvidado.

«La maldición de un huérfano al Infierno arrastraría 
        a un espíritu de lo alto:
Mas, ¡ah!, ¡más terrible es que todo eso 
        la maldición de los ojos de un muerto!
Durante siete días y siete noches contemplé aquella maldición, 
        y a pesar de ello morir no pude.

«La Luna inquieta caminaba por el cielo 
        y en ningún lugar se detenía: 
con calma iba ascendiendo 
        con una estrella o dos al lado.

«Sus rayos imitaban el sofoco de las aguas, 
        como escarcha matutina se extendían; 
mas allí donde se extendían la sombra enorme del barco,
las aguas encantadas siempre ardían 
        con un rojo tranquilo y terrible.

«Más allá de la sombra del navío 
        contemplaba las serpientes de las aguas: 
se movían dejando estelas de blanco resplandor; 
y cuando se erguían, la luz encantada 
        se convertía en copos canos.

«Dentro de la sombra del navío 
        contemplaba su atavío tan suntuoso: 
azules, de un verde brillante, y de negro terciopelo 
se enroscaban y nadaban, y cada estela 
        era un relámpago de fuego dorado.

«¡Ah felices criaturas vivientes! no hay lengua 
        que declarar pueda su belleza: 
¡un torrente de amor brotó de mi corazón, 
        y las bendije sin haberme dado cuenta! 
De seguro que mi santo patrón se apiadó de mí, 
        y las bendije sin haberme dado cuenta.

«En aquel preciso instante fui capaz de rezar; 
        y de mi cuello entonces liberado 
se desplomó el Albatros, y se hundió 
        como plomo en el mar.»
Miré al cielo e intenté rezar;
pero antes de que pudiera elevar la plegaria
vino hacia mí un susurro impío
que seco como el polvo dejó mi corazón.
Estuve un buen rato con los ojos cerrados
que, como si tuvieran pulso, palpitaban;
pues el cielo y el mar, el cielo y el mar
yacían cual carga en mis ojos cansados
y todos los muertos estaban a mis pies.

Un sudor frío surgía de sus miembros
que no se pudrían ni emanaban hedor:
la mirada con que se miraban
ni un solo instante me dejaba.

La maldición de un huérfano llevaría al infierno
a un espíritu bueno;
pero, ¡oh!, ¡es mucho más horrible
la maldición que anida en los ojos de un muerto!
Y vi esa maldición siete días y noches
y, sin embargo, no llegué a morir.

Escalaba el cielo la errante Luna
sin detenerse nunca:
flanqueada de una o dos estrellas
lentamente ascendía.

Se burlaban sus rayos del sofocante mar,
esparcidos como en Abril la escarcha blanquecina;
pero adonde llegaba la gran sombra del barco
las calmas aguas hervían hechizadas
con un rojo de espanto.

Contemplé las serpientes marinas
más allá de la sombra del barco:
avanzaban en estelas de fúlgido blancor
y cuando se erguían derramaban
su luz hechizada en copos níveos.

En la sombra del barco
contemplé sus ricos atavíos:
azul, verde brillante y negro terciopelo
se encogían, nadaban; y era cada estela
un vivo resplandor de áureo fuego.

¡Qué felices seres vivos! No hay lengua
que pueda proclamar su hermosura:
una fuente de amor manó de mi corazón
y, sin querer, los bendije:
tuvo piedad de mí el ángel de la guarda
y, sin querer, los bendije.

Y pude rezar en aquel mismo instante;
y libre ya el Albatros
cayó de mi cuello e igual que plomo
se hundió en el mar.

Publicado inicialmente en El autor de la semana
Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile