Satoko Tamura

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PALABRAS PRELIMINARES

¡Cuando Macondo se viste de kimono!
Por Ricardo Rondón

      ¡Sayonara, señora Tamura!

      La escritora más versada en la obra de Gabriel García Márquez habla con absoluta propiedad y exquisitez del ajiaco santafereño, la bandeja paisa, el aguardiente. ¡Y la arepa!

      Satoko Tamura es más que familiar en estas comarcas delirantes y mancondianas. Ha venido varias veces a nuestro país, en plan de trabajo y de descanso, y como invitada de honor al Festival Internacional de Poesía de Medellín.

      La señora Tamura es Doctora en Letras Hispanoamericanas, poeta, ensayista, traductora y decana de la Facultad de Literatura de la Universidad de Tokio.

      Esto quiere decir que se ha devorado cualquier cantidad de libros, en varias lenguas, particularmente en español, un idioma que ella descubrió a partir de esa voracidad de conocer nuevas culturas, otras voces, y que tuvo su punto de partida en los años palpitantes de la juventud cuando leyó en japonés la obra de la poeta chilena y premio Nobel de literatura, Gabriela Mistral.

      Su inquietud por la lengua de Castilla y en general por la literatura latinoamericana, la ha llevado a viajar por el mundo hispano, desde España, pasando por Argentina, Chile, la Patagonia, México, y Colombia, este país que ella siente en lo más profundo de su corazón y que palpa y disfruta como si aquí hubiera estado en una vida anterior. Cuando habla mira fijamente a los ojos, o al ‘tercer ojo’ del que habla la milenaria sabiduría nipona y sus disertaciones son tan precisas, elocuentes y detalladas que le hace pensar al interlocutor que lo que expone pareciera que lo hubiera aprendido de memoria.

      Y es esa memoria gráfica y biológica del saber y del entendimiento, lo que la ha llevado a emprender un viaje a la semilla del genio creador de Gabo: a seguir las huellas de los personajes de sus novelas, a descifrar sus espectros, a desenmascarar sus fantasmas, y a comprobar y ratificarle al mundo literario, que lo que está impreso en los relatos del Mago de Aracataca, no es sólo producto de su imaginación, sino que existe, o existió, y como quiera que sea, está vivo en el sentir, en el pasado y en la nostalgia de esa soñada república universal llamada Macondo.

Viaje a la semilla

      Por eso regresó a Colombia para cumplir a ese itinerario que iniciará la próxima semana en Mompox y que continuará por Cartagena y parte de la Guajira, ese terreno lúdico donde se desarrolla la obra garciamarquiana.

      También vino para presentar ‘La Voz de la Pasión’, la última novela de una de sus más queridas amigas colombianas: la poeta, narradora, cinematografista y maestra de Yoga, Bella Clara Ventura, de quien se refirió como una de las voces más sensibles e inteligentes de nuestra literatura.

      A la cita literaria, realizada en la sede norte de la Cámara de Comercio de Bogotá, el pasado jueves, la señora Tamura acudió vestida de Kimono, ese traje imperial de su cultura que honra una memoria de siglos y que las damas lucen con entrañable respeto y orgullo.

      Hasta el maquillaje es una obra de arte, o mejor aún, un ejercicio íntimo y religioso. El cronista cometió la imprudencia de proponerle la entrevista mientras se preparaba en su rutina cosmética, pero ella enfatizó que esa práctica era en solitario: una suerte de ritual similar al del milenario teatro kabuki.

      Al final de la ceremonia de presentación de la novela de Bella Clara Ventura, Satoko Tamura nos concedió unos minutos para exponer algo de su fecunda vida, su vigorosa memoria narrativa y su interés por la obra de Gabo.

      Apunta que se ha leído todos sus cuentos y novelas: desde Un hombre viejo con unas alas muy grandes, pasando por Los funerales de la Mama Grande, La cándida Eréndira y su abuela desalmada, La mala hora, La hojarasca, El otoño del patriarca, El coronel no tiene quién le escriba, El amor en los tiempos del cólera, y su obra cumbre, Cien años de soledad –que ya tradujo al japonés–, hasta Memorias de mis putas tristes, con la que el autor rinde homenaje a uno de sus escritores más admirados: Yasunari Kawabata en su máxima novela, La casa de las bellas durmientes.

Del realismo mágico

      Satoko habla un español perfecto, producto de sus dedicados estudios literarios y de la cátedra de Literatura Hispánica que cursó en la Universidad Autónoma de México.

      Con Gabriel García Márquez se conoce desde hace 20 años. Es íntima de su mujer, Mercedes Barcha, y siempre que pasa por México los visita en su casa y les prepara comida japonesa.

      Las dos novelas que más le gustan son: El Coronel no tiene quién le escriba y Cien años de soledad, y ha sido tan rigurosa y minuciosa su investigación que pronuncia, con absoluta propiedad, que todo lo escrito por él se ajusta a la realidad, a su ‘realismo mágico’, y cita, como en los textos críticos de gabólogos como Dasso Saldívar, Juan Gustavo Cobo Borda, Ciro Roldán, o su propio hermano, el desaparecido Eligio García Márquez, los personajes ‘reales’ que nutren el imaginario colectivo del novelista.

      Por ejemplo, que el gusto de Amaranta por comer tierra era una manía de infancia de Margoth García Márquez, hermana del laureado escritor, que vive en Barranquilla y con quien se encontrará.

      Que Ursula Iguarán es la abuela sabia de Gabo, que relataba, con una versatilidad asombrosa, las fantásticas historias de gitanos andariegos y turcos mercachifles, de coroneles desdichados y de burdeles en la mitad del desierto, y toda esa caravana de personajes y fantasmas que deambulan por las páginas del escritor vivo más importante del mundo.

      —¿Qué tan difícil es traducirlo al japonés?, pregunto.

      —Muy complicado. Por eso llevo tantos años tras sus huellas. Hay que empaparse de su clima, de su color local, de sus modismos, de sus espíritus, de su ritmo y oralidad. Por eso me es tan familiar Colombia y por eso me he atrevido a traducir la obra de un escritor enorme como lo es él”.

      Satoko saborea con gusto un vino tinto y sonríe. Entonces le pido que recite una estrofa de ese hermoso poema que ella, una tarde, en el café Tortoni de Buenos Aires, le escribió a Jorge Luis Borges:

      Sin duda es él.
      Lo encontré donde esperaba: en un bar del arrabal,
      bajo los bulbos azulejos del gas
      pelando una naranja,
      la fruta pelada es una esfera de cristal
      y en sus manos huele a rosa misma.

      ¡Sayonara, señora Tamura!

Publicado inicialmente en El Espacio

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

      Nació en Wakayama, Japón, en 1947. Cursó literatura Hispanoamericana en la Universidad Autónoma de México y Teoría de Expresión Poética en la Universidad Complutense de Madrid.

      Actualmente es catedrática de la Facultad de Letras de la Universidad de Teikyo en Tokio.

Libros publicados

Poesía

Entre otros:

  • Mapa profundo, 1973
  • Otoño de Iberia, 1978
  • Haikú
  • Al sur, 1985

Tesis doctoral

Los Sonetos de la Muerte de Gabriela Mistral, 1994

Premios y distinciones

Entre otros:

  • Premio de Centenario Azul Rubén Darío
  • Premio de la Cultura de Japón.

Como traductora

Ha realizado traducciones al japonés de Pablo Neruda, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Gabriela Mistral, entre otros autores.

Como antóloga

  • Ha compilado y traducido también una antología de literatura japonesa contemporánea, publicada ya al español.

Encuentros literarios y lecturas

Ha realizado lecturas de poemas en encuentros de poetas en España, México, Argentina, Chile, Perú, Venezuela, Cuba y en varios países orientales.

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Satoko Tamura

POEMAS
Oda al toro

El jardín en el fondo del Palacio de Creta
rebosa de gemidos de los toros.
Una muchacha con sólo un taparrabo
cuya muerte es aún una leyenda
levanta los ojos
y pone sus manos junto a la cabeza del toro.
Los pechos, apenas crecidos en voltereta,
se vuelven caracoles rosados.

Los cuernos eréctiles del Rey Minos
lo apuñalan.
Circulando y circulando por lo perlado del oído interno
nace una canción.

En el sagrado teatro apostando a la vida
salta sobre la espalda del toro:
es la única manera de sobrepasar la frontera
entre la vida y la muerte.

Está hecho el altar sobre la arena.
La sacerdotisa sube a él
para entregar el rezo y recibir en el cáliz
la sangre que cae de la boca herida
del novillo dormido en éxtasis
y me la ofrece.

Al beberla
la bestia sagrada me penetra
el laberinto de las vísceras
y ya pertenezco al dominio de lo sagrado.

El toro es lo divino, la voluntad del dios
y de la fertilidad.
Sobre su sangre me purifico
y me promete la inmortalidad.
¡Dame la fuerza negra de esta bestia!
¡Transmíteme el tropel de su Eros!

Al saltar al toril,
las arenas sorbían la luz de la potencia.
El capote temblaba en un rincón de la mirada.
No resistí la incitación
y me orienté hacia la muerte.
Me apretaba el sol de Cádiz en la espalda.
Golpeé mis pies contra la tierra.
La alquimia de destrucción ferviente del amor
me domina
y me graba cicatrices.

Tu espada se inserta en mi boca abierta
y me convierto en sacrificio.
Me empapa de santa sangre
la lujuria de los ojos que me invaden y se enredan.
En el teatro mudo el pase avanza tranquilo
alternando la atracción con la blasfemia
para desgarrarme.
Gotea un racimo exprimido de uvas maduras.
Dos enemigos encajados en mutua embriaguez:
ya no lo puedo evitar: cada noche renace
otra carne en mí.

El alba interrumpe desde el núcleo del laberinto
¿No ves al toro que al salir
entre los pétalos de mis párpados medio abiertos
recoge en su cuerno
un pedazo de sueño enroscado?

De repente, en la cama
¿no escuchas mugir a la mujer
como una vaca, una vaca floreciente
cuya lengua caliente cuelga?